Cada vez que veo estas cicatrices
siento un dolor agudo en el pecho. Hace ya más de diez años de ello, pero lo
recuerdo como si fuese ayer.
La gente gritaba, estaba
asustada. Mi madre nos llevó a mis hermanos y a mí a un refugio en la montaña,
íbamos hacia un lugar seguro, todo iba a salir bien. En el camino una bomba
estalló junto a nosotros. Mi madre y mis tres hermanos murieron al instante. Yo
caí al suelo, me ardía el cuerpo, cerré los ojos y dejé que el pitido de mis
oídos me inundara por completo.
Me desperté en un sitio extraño,
todo era blanco, y reinaba la paz y el silencio. Mis piernas parecían estar
dormidas, notaba esa sensación de tener infinitas agujas clavadas en la piel
que no te dejan casi ni moverte. Observé mi cuerpo, herido y quemado, tuve que
taparme la boca para que el vómito no saliera de mí. No pude contenerlo por
mucho tiempo, lo eché todo al suelo y oí unos pasos que se acercaban corriendo
hacia mí.
Las noches en Barcelona son
frías, en mi piso hay calefacción, pero no tengo el dinero suficiente para
permitirme ese lujo. Hoy celebro catorce años de mi llegada aquí. Ha sido muy
duro, tuve que perder a la gente que más quería, me sentí solo, como un perro
abandonado. Los primeros meses fueron difíciles, primero tuve la recuperación médica,
luego los días en la calle buscando un hogar, pero poca a poco lo conseguí, me
contrataron en un trabajo y pude alquilar un piso en las afueras de la ciudad.
Seguía teniendo ese asqueroso sentimiento de tristeza y soledad, pero poco a
poco se iba vaciando, la fuerza y la ilusión crecía en mí.Veía la posibilidad
de empezar una nueva historia, tenía una segunda oportunidad, pero todo eso sin
olvidar a mi madre, el motor de mi vida, que prometió que me llevaría a un
lugar seguro, y así lo izo.
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